2. Reinventando la cotidianidad
Como el primer escrito fue más bien abstracto y hasta jarto; este escrito intentaré desenvolverlo en un mundo más bien práctico y cotidiano que filosófico y platónico. Así, les contaré sobre las cosas sencillas y simples de mi vida acá en Alemania, que día a día se encargan de recordarme –tonta y llanamente- lo lejos que estoy de mi casa y mi cultura.
Esta vez hablaré de cuatro temas. Me referiré a (1) el dinero, (2) los andenes, (3) un grupo que comprende los enchufes, interruptores y cerraduras; y por último (4) el metro o U-Bahn (como se le llama acá).
1. El Dinero
Por dinero, más allá de la diferencia de la moneda ($ y €), me refiero a cualquier papelito u objeto circular de apariencia metálica al cual la sociedad le otorga un poder adquisitivo.
Con el pequeño problemilla de que yo, al contrario del resto de personas del mundo, aún no le otorgo ningún poder adquisitivo al Euro. Cada vez que voy a pagar o comprar algo, me siento jugando monopolio o jugando “a la ciudad”. Cuando era pequeño jugaba con mi tío o mi primo a construir una ciudad completa con fichas de diferentes colores (casi siempre rojas) y cada uno tenía su emporio. Trabajaba, ganaba dinero, tenía su carro y pagaba. Por supuesto, pagábamos con billetes de monopolio o papelitos que simulaban billetes.
Pues bien, así me siento. Cada vez que entrego un billete o una moneda, siento que estoy tumbando a la otra persona porque le estoy pagando con papelitos de monopolio. Aunque claro; a los 5 minutos –después de haber hecho la conversión a $ pesos- me doy cuenta que el tumbado, de lejos, fui yo.
Otra cosa muy curiosa que me ha sucedido con el dinero en Europa es que los billetes significan MUCHA plata, pero las monedas… ¡También!
Pues sí, así como lo oyen. ¡Con 2 monedas puedo hacer un mercado! Es increíble, pero con 4 Euros (representados en 2 monedas de 2€ cada una) puedo comprarme una bolsa de pan, una caja de leche, un jamón barato y un poco de queso. Y si todo eso lo puedo comprar con dos monedas, se podrán imaginar que con un billete se pueden hacer maravillas. Pero claro, acá la gente casi no tiene billetes. (Bueno, ¡¡YO no los tengo!!). Si yo tengo 2 billetes en mi “billetera”, es mucho. Interesante diferencia con Colombia donde uno siempre tiene la billetera llena de papelitos… de billetes de 1000, 2000. Pero ni uno de 20.000. Pues bueno, acá hay un billete de nada más y nada menos que de 500 Euros. La verdad me daría mucho miedo tener más de 1 millón de pesos en tan solo un papelito… Como para metérselo al bolsillo y que se le cayera la bobadita de billetico.
Toda mi vida he estado acostumbrado a subestimar la mayoría de las monedas, salvo las de 500 (de por sí escazas en estos tiempos). Pues bien, estos días en momentos de dificultad económica me encontré con la maravillosa verdad de que tenía como 15 euros en monedas… ¡y mi subconsciente traicionándome, diciéndome que no servían para nada!
2. Los andenes
Otra de las cosas que me ha impactado desde el primer día que llegué, es que los andenes no son de los peatones. Debo decir que ¡Incluso el peatón es más dueño de la calle, que del andén!
Sí. Me impresionó que los andenes están repletos de carros y bicicletas. Acá los parqueaderos privados son casi inexistentes. Todo el mundo parquea su vehículo (carro o bicicleta o moto o lo que sea) en el andén o en el separador o hasta en el carril derecho.
La cantidad de carros que se ve en la calle es algo inimaginable… miles y miles de carros aparcados en todas las calles. ¡Ah claro! Me imagino que algunos de ustedes ya estarán pensando en los trancones interminables y en el ruidajo insoportable, causado por la sinvergüencería y descortesía de los conductores europeos al llenar las calles con su horrible BMW o su bajito Ferrari o su descuadrado Alfa Romeo. Pues bueno, no sé por qué, pero acá no existen los trancones y nadie sabe realmente para qué sirve el “pito”, salvo que para pitar un partido de fútbol.
Sí, la cantidad de carros estacionados en la calle es increíble, pero que no existan trancones lo es aún más. Es un paisaje urbano que cada día me recuerda a mi hermano Camilo. Todos los días pienso que si él estuviera acá no pararía de hablar todo el tiempo de marcas y series de carros. -“Huy miren, un BMW Z5, ufff un Compressor, huy Juli mira, un Alfa Romeo Serie 487 con cojinería en cuero y frenos ABS, pero sin §$%&/!34” –y yo le diría con evidente ignorancia y simpleza, por seguirle la conversación: “Huy Cami, ¡mira esa carro!” –y él me respondería “Ahhh ¿ése? Sí bueno… ese es modelo viejo, el nuevo tiene %$%&!”§$5..24fdjg”
Así pues, el peatón no es dueño del andén, porque o están los carros o las bicicletas. Aunque cabe decir que los transeúntes son dioses inmortales en las calles. Si un peatón le da por cruzar una calle/vía, los carros paran. Sí o sí. Aunque claro, ésta gente solo cruza la calle cuando debe hacerlo y si se cruzan en rojo piden disculpas, porque igual los carros se detienen.
3. Los enchufes, los interruptores y las cerraduras
Si el dinero, los carros, los peatones y los “biciclistas” me muestran cada día que estoy en otro lugar; los enchufes, los interruptores y las cerraduras también. Lo primero es que aún no me acostumbro a ver unos enchufes gigantes con dos huequitos circulares. Los segundo es que los interruptores también son gigantes. A veces pienso que para prenderlo o apagarlo necesito darle un puñetazo o un manotazo, porque mi pobre dedo no podrá con semejante monstruo.
Aunque pensándolo bien, es bastante útil que sea grande… sobre todo si la luz está apagada y lo que se quiere es encenderla.
Igualmente, las cerraduras me molestan cada día. Porque muchas acá no se abren hacia la derecha, sino hacia la izquierda. ¡Cuestión que me perturba! Porque siempre le “hecho llave” a la puerta cuando lo que quiero es abrirla y por más de que lo sepa, es un movimiento automático que MUCHAS veces no puedo evitar…
4. El metro
Más allá de todo lo innovador que representa el metro en mi vida, a veces me siento como en Transmilenio. Guardando las gigantes y claras diferencias, me atrevo a veces a compararlos, sabiendo de antemano que lo único que tienen en común es que se hacen llamar sistemas de transporte masivo, porque de resto ¡nada más!
Lo que más duro me dio fue una pendejada: En el Metro NO se abren las puertas automáticamente, usted las tiene que abrir presionando un botón o halando una palanca (dependiendo de que tan moderno es el metro). Las primeras veces se me olvidaba espichar el botonsito para abrirlas pensando que como en Transmilenio las puertas se abrirían automáticamente; hasta que el metro empezaba a pitar o alguien atrás mío se me atravesaba bruscamente para abrir la puerta por su cuenta y se volteaba a mirarme como: “ ¡¿Si no se va a bajar entonces que hace parado como GÜevón al frente de la puerta!?” Y yo le respondía no con una mirada, sino con un paso adelante, bajándome también y dejándolo completamente desconcertado… quizás después esa persona pensaría una de dos opciones: (1) que yo era muy pendejo y no tenía ni idea de que tocaba abrirlo (la verdad) o (2) que yo lo/a cogí a él/ella de pendejo/a porque simplemente no quería abrir la puerta y quería esperar que otro lo hiciera por mí.
Aunque bueno, 10 montadas después ya sabría cómo funcionaría; tanto que una tarde, casi peleo con un niño de 8 años porque yo quería presionar el botón y él también… y yo no pensaba dejar que otro abriera la puerta por mí. Yo quería abrir la puerta. Lo miraba fijamente; “no se te ocurra… ¡El botón es mío! ¡Yo abro la puerta!” pensaba, mientras él me miraba cual vaquero en un duelo del lejano oeste. Cuando ya el metro había empezado a reducir su velocidad y estaba listo para presionar el botón y ganarle al osado niño que quería arrebatarme la gloria; el papá lo llamó desde otra puerta cercana para que la abriera. El metro se detuvo y me bajé. Sentí una mirada penetrante en mi nuca… No me importó, había ganado el duelo. ¡Había sido yo quien había abierto la puerta! ESA PUERTA.
Para finalizar quisiera decir que quizás para alguien estas pequeñeces resulten inocuas y poco interesantes, pero creo que en ellas es que está lo interesante. En los detalles pequeños es donde encontramos el sabor del día a día y el color de nuestras vidas. ¡Gracias a ellos he tenido que reinventar mi cotidianidad y por ende mi vida, al menos por ahora!
Con cariño,
Juli