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Reflexiones

Laberintos y refugios de soledad

Julián Arturo Niño Mejía · · 7 min en español

“Ningún hombre es una isla entera por sí mismo.

Cada hombre es una pieza del continente,

 una parte del todo.” 

Devociones para ocasiones emergentes, 1624. John Donne

Estamos en un trancón. Un trancón denso. Vamos en la camioneta de Pablo, volviendo a la casa que rentamos en South Lake Tahoe. Estamos volviendo después de pasar todo el día junto al lago alpino más grande de Norteamérica: el Lago Tahoe. Me acuerdo de Kyle, en Punta Gallinas, diciéndome que es uno de sus lugares favoritos en el mundo. Entiendo por qué.

Vamos absortos, ensimismados, pensativos. Somos cuatro: un conductor y tres pasajeros. Todos somos amigos circunstanciales, compañeros en este viaje dentro del viaje. Pablo maneja mientras Lucas, Alejandro y yo nos dejamos llevar. En Colombia el tráfico en el que estamos sería para mí un motivo de desesperación, una “pérdida incontrolable de tiempo”. Aquí no es eso. Es una oportunidad para entender la (esta) vida, para admirar las copas de los árboles y ver ardillas en las ramas y las laderas. Me tomo el tráfico con calma. Creo que eso se lo debo a California.

– “¡Estamos andando a 2 millas por hora!”, entre chiste y molestia dice Pablo. Hago unos cálculos y entre risas y sin ninguna pretensión le respondo: – “Estamos andando más despacio que el paso promedio a pie, que es de 4 km por hora. Eso quiere decir que hasta podría bajarme a caminar y quizás me rindiera más. O los espero más adelante, en un par de horas”. – “Dale. A ver si de paso cazas una ardilla y la cocinas, muero del hambre”, bromea Pablo. Me río, pero no respondo. Mi sentido del humor, frío y calculador, no da para responder un chiste de ese calibre, de esa autenticidad casi cálida.

Son las 4:30 pm y no hemos almorzado. Entre caminos, playas, bosques y parqueaderos se nos embolató nuestro horario. Yo la verdad es que también muero del hambre. Esa misma hambre que me recuerda que estoy en un país extraño, lejos del plátano. Lejos de las mejores comidas: de esas con chimenea, con luz tenue y en compañía.

En el silencio de los motores que arrancan y duermen, y de los pensamientos incansables, me asalta el tema de siempre: la soledad. Estando acá me he dado cuenta de una dimensión de la soledad hasta ahora desconocida para mí. La radio suena: “Una de cada 5 personas en Tahoe sufre de depresión. Llámanos, ¡estamos para ayudarte!”. Preciso, en ese instante. La ironía es que estamos en un lugar que, por su belleza, uno pensaría podría colmar de plenitud la vida de sus habitantes. Al parecer no es así. Al menos no si esa cuña radial es cierta.

Esta semana empezó el semestre oficialmente en toda la universidad y se ha sentido tremendamente. A pesar de que voy para la tercera semana oficial de clases (wiii, ¡vamos sobreviviendo!), hasta ahora tengo contacto con el monstruo que es esta universidad. El campus era un dragón durmiendo. Uno que ahora no para de volar y rugir, de invitar –casi amenazantemente- a un vuelo.

Los sitios están mucho más llenos que antes, pero también ofrecen una vibración nunca antes vista. Los lugares respiran. El jueves pasado fui a Crossroads (uno de los comedores comunitarios de la universidad) y vi cosas muy particulares. El comedor es el primer edificio certificado como una Bioconstrucción (Green building) en la Universidad y, además, ofrece precios mucho más baratos que cualquier otra opción en esta ciudad: es un buffet ilimitado con muchísimas opciones, por 10 usd (8 usd si se adquiere un plan). Eso es muy barato para los estándares de acá y por eso no es de extrañar que se encuentre repleto de estudiantes.

Pero más allá de la comida y las maravillas de la arquitectura responsable ambientalmente, quiero hablar de otra cosa: la soledad que vi. Vi muchos grupos de amigos, incluso algunas parejas; pero también vi personas que comían en medio de algo parecido a la añoranza, a la nostalgia, a la locura. Yo también comía solo, pero no sé si en soledad. Definitivamente no en esa soledad. A mí me encanta comer solo, pero no estoy seguro que algunos de ellos lo estuvieran disfrutando. Vi algunas caras que no pude descifrar, de niños de 20 o 19 años con la mirada perdida mientras metían un bocado en sus bocas. En un par de ojos vi, por alguna razón (y aquí quizás juega una parte muy importante mi prejuicio), esa mirada de terror que recuerda que acá las armas pueden estar en manos de niños desolados.

Pienso, como desde el prejuicio, que en ese comedor -y en este país- he visto personas atrapadas por la monotonía de la mente y la locura de la consciencia. He visto gente detenida, en medio de la soledad propia del laberinto sin salida. Maniatados por, lo que juzgo, una afectación aparentemente definitiva. Como esa de quien se resigna, como de quien no quiere seguir jugando. Me impactó. Me atravesó como un rayo que te parte la vida. Como si hubiera visto a la soledad a los ojos, por vez primera.

Y es que a pesar de que creía haber sentido la soledad en mi vida, debo aceptar que creo que nunca la había presenciado en ese sentido. Y, en cualquier caso, a pesar de no sufrirla, la siento. Estoy reconociendo la soledad. Me gusta. Me gusta su libertad, su independencia. Aunque también me asusta, me asusta su egocentrismo, su silencio, su introspección. La he querido y la he despreciado. La he bienvenido y la he despedido.

Ahora creo que la he acogido, abrazándola y valorándola como nunca, como siempre, desde su naturaleza efímera, pero necesaria. Como un refugio. Con todo y eso: aún cuando siempre me he ufanado de quererla, creo que hasta ahora comprendo su contenido. Sus demandas y sus tesoros, pero también sus cargas y opresiones.

Sus opresiones son tan reales que existe una enfermedad para denominar el miedo a perderse las cosas. Y no me refiero al miedo del que ya hablé en mi primera entrada. Me refiero a un miedo diferente. Esto no es generado por algo externo. Este nace dentro de uno. Me refiero al miedo a la soledad efímera: FOMO (“Fear of Missing Out”). El FOMO no es otra cosa que el miedo a no vivir la experiencia como “otros” o “todos” la viven. El miedo a sentir que por momentos no somos parte, a sentir que -por instantes- no vivimos porque no podemos hacerlo todo. Miedo a esos momentos en los que no somos más que nosotros y la soledad.

He tenido discusiones muy interesantes al respecto con Chaitanya, Momna y Taha (amigos del LLM, de India y Pakistán) y puedo confirmar que es real, no me pasa solo a mí. Santiago me lo anticipó desde Colombia y yo, a pesar de prepararme, hasta ahora lo comprendo. Lo bueno del cuento es que cuando uno lo entiende, quizás ya está pasando del FOMO al JOMO (“Joy of Missing Out”).

EEUU me ha recordado que, como diría John Donne (que, de acuerdo con Murakami, es un proverbio japonés), el ser humano no es una isla. Cada uno, incluso en su soledad, es una parte del todo.

Arranca el motor. El trancón se disipa una vez atravesamos el umbral turístico del lago. Sobrepasamos con facilidad la velocidad promedio del ser humano que camina y mi estómago resuena. También suena una canción en mi cabeza, “Ben’s My Friend” de Sun Kil Moon. Mi intento por descifrar a la soledad cede el paso a otro cohete interestelar: mi idea de investigación sobre la legalización de las drogas en Colombia.

¿Qué sonará en las otras cabezas? Cierro los ojos, el aire me recorre mientras California y su Sierra Nevada (The Sierra Nevada Mountains) me cobijan. Viejos pinos, como testigos de siempre, me susurran palabras sabias. No sé si las entiendo.


Publicado originalmente el 3 de septiembre de 2018 en Pensadero de Julián ↗. Se conserva el texto de la publicación original. Las versiones en español e inglés fueron escritas por el autor.