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Viajes

Caño Cristales y los vestigios de la irrealidad

Julián Arturo Niño Mejía · · 9 min en español
Texto original · Español

Cuenta la leyenda jamás escrita que, allá donde nace el arcoíris, el aventurero encontrará un tesoro de incalculable valor. Un tesoro que los ojos no darán crédito y que ni la mente más creativa de un soñador podría tan siquiera vislumbrar.

Hoy, puedo decir que la leyenda es cierta.  Como en un cuento de hadas, la realidad sucumbe. Se confunde. No he estado en donde nace el arcoiris, sino donde el río se convierte en uno. El lugar mágico se encuentra en el Meta, casi en la Serranía de la Macarena. A unas cinco horas de San Vicente del Caguán y se le conoce como Caño Cristales.
En este lugar, detrás del rojo y el fucsia de una planta que recuerda a copos de algodón; se esconde el que el fotógrafo Andrés Hurtado denominaría “el río más hermoso del mundo”.

Y si bien Hurtado no podría decir a ciencia cierta que Caño Cristales es el “más hermoso del mundo” (ya sea porque no conoce todos los ríos del mundo, o porque la belleza es un concepto estético y subjetivo), sí estoy seguro que lo es. Soy igual de atrevido al fotógrafo y digo que no hay río más hermoso que el macarenense. Sólo es necesario verlo a la luz del sol para comprender el proceso de transformación. La metamorfosis de los colores en un un solo tono inexplicablemente mágico. El escarlata de las plantas adultas, el azulino del agua, el amarillo de la arena, el blanco de la espuma, el verde de las algas comunes, el negro y el pardo de las piedras rojizas, el rosado y el morado de las plantas jóvenes; tonalidades que se funden en un sólo elemento… Algo así como «el color de la magia» de Terry Pratchett. Algo tan hermosamente natural, que la artificialidad de las cámaras fotográficas jamás podría identificar ni capturar.

Empero, no todo es color rosa. Y no precisamente me refiero a la Macarenia Clavígera -esa planta que sólo existe en un lugar del planeta tierra y a la cual le debemos la divinidad de Caño Cristales-. A pesar de que tenemos (y hablo de los colombianos) el río más hermoso del mundo, ¿por qué sólo un nimio porcentaje de la población colombiana conoce semejante monumento natural? ¿Por qué sólo a partir del 2006 pudo visitarse Caño Cristales con fines turísticos? ¿Por qué sólo a partir del año 2014 (sí, este año) instituciones como Cormacarena y Parques Nacionales Naturales intervinieron para organizar el turismo y proteger una especie única de planta acuática que viste de colores el que muchos consideramos el río más lindo del planeta?

Como decía, no todo es color rosa. Por allá en 1998, cuando el presidente Pastrana iniciaba los diálogos de paz con las FARC-“EP” y declaraba como zona de distensión desmilitarizada una gran parte del centro/sur del país, el municipio de La Macarena se vería inmerso en ese mar de concesiones y espuma. El Estado no tendría presencia -si es que alguna vez realmente la tuvo- y el pueblo sería controlado por el grupo guerrillero. La plaza central aún tiene esa “casa blanca” (denominada paradójicamente como la norteamericana) que otrora fuera el centro de gobierno del grupo armado. El secretariado de las FARC se asomaba al pálido balcón y discutía el correr de las aguas de la supuesta “negociación” y de paso, de la vida de todos los macarenenses. La guerrilla instauraría su propia policía, denominada “policía cívica” y expediría sus propias leyes. El derecho penal sería reemplazado por la ley de facto y quién cometía un ‘delito’ era fusilado o enviado a trabajos forzados. Valga decirse que la única carretera que hoy en día conecta La Macarena con otro pedazo de civilización, es una carretera hecha por la guerrilla, en su afán de crear vías que comunicaran el centro del país con puntos de expendio/comercialización de droga.

Y es que la droga, especialmente la cocaína, es la protagonista del sector. Para ser más precisos, la hoja de coca y la pasta base de coca. Son tan importantes que en algunos caseríos como La Carpa, El Tigre, Catalina y La Tigra, son el medio de intercambio. Son la divisa. ¿Quiere comprar una libra de arroz? 2 gramos de base de coca. ¿Maíz? 1 gramo. No estuve en esos caseríos que bordean el río guayabero, pero Pepito -llamemos así a nuestro guía para proteger su identidad- nos contaba cómo se miraba con extrañeza a quien llevara papel moneda. Se le preguntaba de dónde venía y qué quería. En muchos de estos caseríos el foráneo no es bienvenido. Y si es bienvenido, lo es por la guerrilla.

La coca (ojo, no confundir con la «cocaína») es una de las mayores actividades productivas de la región. Quizás actualmente se ha visto disminuida, pero sigue siendo protagonista. Casi cualquier habitante y/o campesino del sector, raspó coca mientras los “diálogos de paz” sucedían, pues a falta de cualquier presencia estatal, la venta y siembra de esta planta se multiplicó. Para ese entonces -y aún hoy en día- por una arroba de hoja de coca, la guerrilla le pagaba al campesino que la raspaba (“raspar” es el proceso de deshojar la planta) 5 mil pesos. Una persona diligente puede llegar a raspar incluso 20 arrobas al día. Lo cual significa, de trabajar todos los días al mes, un ingreso de 3 millones mensuales. Es por eso que muchos dedicaban tan solo media jornada y en medio día lograban raspar 10 arrobas. El resto del día lo dedicaban (o dedican) a otras actividades en las que gastaban su producido.

En la época del abandono estatal y de la toma guerrillera, nos cuenta Pepito que el caos era el orden y la lógica. Como en un relato de García Márquez, lo ilógico era lo razonable. La realidad no era más que una ilusión absurda. Así, por ejemplo, era posible comprar una camioneta 4×4 último modelo por tan sólo 3 o 4 millones de pesos. Camionetas robadas que eran llevadas a la zona de distensión y que podían ser perfectamente manejadas y mantenidas sin ningún documento, seguro, ni problema. Nos contó cómo era probable ir caminando en las cercanías del casco urbano del municipio y en algún arbusto tropezarse con barriles o sacos llenos de dinero. Rebosados en billetes. Y no atreverse a tocar ni un peso de ellos. Esos billetes podían comprar muchas cosas, pero nada real al mismo tiempo. O al menos no algo de nuestra realidad.

La presencia del arbusto de coca en estos sectores no es casualidad. Las tierras del Meta y Guaviare están catalogadas como unas de las mejores tierras del país. Tristemente, no son utilizadas para sembrar nada, sino para ganadería. Y en las que se siembra, se siembra coca. No hay nada más rentable.

Aunque no muchos lo sepan (o se atrevan), a La Macarena se puede llegar por tierra. Una única carretera destapada construida hace varios años por la guerrilla y sus trabajadores forzados (y sus maquinarias saqueadas y robadas), conecta el pueblo con San Vicente del Caguán, a unas cinco horas. Hoy en día el camino se encuentra en gran parte militarizado, pero los habitantes del sector afirman que “no es recomendable andar por ahí”. Por agua, se puede salir desde San José del Guaviare, navegar por el Guaviare y después por el Guayabero, pero no deja de ser peligroso, pues esas siguen siendo rutas del narcotráfico. En esa medida, la única opción es el avión. Helicol y Satena son unas de las pocas aerolíneas que conectan La Macarena con Bogotá. El aeropuerto municipal no es más grande que una casa y es, más que del municipio, del ejército. Sólo bastan dos segundos en la pista para entender que se está en una zona con seguridad delicada. Cerca de 7.000 “efectivos” militares se encuentran en el lugar y constantemente se oyen helicópteros o aviones militares. Además, en la Serranía de la Macarena se encuentra una de las siete bases militares norteamericanas, y aunque norteamericanos no sean más de 20, no deja de ser inquietante su presencia.

Pero bueno, ¿qué pasa entonces con Caño Cristales? ¿Qué tiene que ver esta historia con el río más hermoso del mundo? ¿Cuál es su importancia en una región azotada por la guerrilla, los paramilitares (Sólo basta tomar un mapa para comprobar que Mapiripán no es tan lejos de La Macarena), los militares, los ganaderos y -si es que no son los mismos anteriores- los narcotraficantes? Pues bien, resulta que el río se ha erigido como una salida, como una alternativa que le ha mostrado a los oriundos macarenenses y en general a los lugareños, que existen otras fuentes económicas. Actualmente La Macarena no tiene presencia guerrillera y aunque aún queda una marca indeleble de la violencia, la guerra y las actividades económicas “ilegales”, todos los habitantes se esfuerzan por encontrar en el turismo un nuevo punto de partida. O al menos uno que les permita un borrón y cuenta nueva. Un hito que les permita iniciar nuevamente y olvidar su negro y no tan rosa pasado. Los macarenenses se esfuerzan profunda y sinceramente por mostrar lo lindo del sector a los turistas que se embarcan en el camino de la belleza de los miles de colores de la Macarenia. Mientras estuvimos en el municipio fuimos testigos de las costumbres llaneras, de su típico asado, de su joropo, de su poesía, y hasta de su coleo. Nos honraron con sus bienvenidas. Nos atendieron como en nuestras casas. Gente hermosa, que a pesar de las dificultades intenta salir adelante y borrar con la belleza natural y la gentileza nativa, los horrores históricos que crearon y siguen creando estigmas. Si no fuera porque el turista conoce la historia que párrafos atrás les he contado, uno se olvida que a 20 km de allí bombardearon y mataron al “Mono Jojoy”… que esta gente ha sido olvidada por el Estado y ahora el mismo les reclama su abandono. Algo así como si una esposa abandonara a su marido (sin razón, por supuesto) y después le reprochara a éste por haberse dejado abandonar.

La Macarena es un lugar lleno de magia y de irrealidad. Ver un río escarlata, amarillo y verdusco es sencillamente indescriptible. Solo al conocerlo, el viajero se da cuenta de ese perfume de fantasía que rodea el lugar. Como un rocío de surrealismo que permea a un pueblo, a un universo. Y es que la irrealidad está -y estaba- en todo, no sólo en la belleza de Caño Cristales. Pepito nos contaba que para el 2002, cuando se acabó la zona de distensión, los cientos de camionetas compradas a precios irrisorios eran abandonadas en las carreteras, incendiadas en cualquier campo o simplemente puestas en ‘neutro’ en la rampa del puerto. Su ‘dueño’ las veía incinerarse o simplemente las veía rodar por el muelle mientras, centímetro a centímetro, eran inundadas y devoradas por el majestuoso río Guayabero. Es posible que hoy, 12 años después, cientos de camionetas reposen en el fondo del agua.

Actualmente el visitante encuentra muy pocos atisbos de esa irrealidad, afortunadamente ya lejana en la historia. Sin embargo, allí están. Palpables y  sentimentales. Si no fuera por estigmas insensatos, por avaricia, intolerancia, por injusticia social, abandono estatal y por la violencia interminable de este país, los únicos vestigios de irrealidad que perdurarían en la mente y vida de los macarenenses, serían aquellos producto de un río de cinco colores. De un río que se convierte en arcoiris y que nos recuerda el surreal país que tenemos.

Publicado originalmente el 8 de julio de 2014 en Pensadero de Julián ↗. Se conserva el texto de la publicación original.