8. Del transeúnte coartado, el chismoso y el informado
Primera parte: Un transeúnte coartado (El inicio)
“Todas las calles que conozco son un largo monólogo mío, llenas de gentes como árboles batidos por oscura batahola. O si el sol florece en los balcones y siembra su calor en el polvo movedizo, las gentes que hallo son simples piedras que no sé por qué viven rodando. (…) Son un largo gemido todas las calles que conozco.” Rogelio Echavarría – El transeúnte
Así se sentía Julián los dos primeros meses en el país germano. Un colombiano del común que se desplazaba al viejo continente por motivos académicos.
A pesar de tener un conocimiento básico del idioma con el que -él creía- podía desenvolverse en varias conversaciones y situaciones cotidianas, al momento de desembarcar recibió un baldado de agua fría al darse cuenta de su ignorancia. Como una cadena que le ponían en los pies (o en los labios) al bajarse del avión y que lo mantendría amarrado en un rincón alejado de la sociedad que lo recibía. No entender todo lo que sucedía a su alrededor, no saber exactamente que hablaba la gente en la calle, o no entender por completo los productos que compraba o veía; eran situaciones estresantes que le daban la sensación de ser raptado de la realidad. Sentía que tenía una cadena que le impedía moverse libremente por el nuevo mundo que conocía, pues por no entender bien el idioma se estaba perdiendo demasiados detalles y por consiguiente, no estaba viviendo al máximo la cultura en la que se encontraba inmerso. A veces se veía a sí mismo como un pasivo transeúnte, como aquellos que simplemente miran el suelo mientras caminan y se pierden ensimismados de, por eso mismo, todos los detalles que acontecen en el mundo que los rodea.
El no manejar un lenguaje le cortaba las alas y le construía un muro gigante que le impedía ver más allá y más acá; como aquel que sería en 1989 derrumbado. Un muro que terrible y cruelmente le impedía ser y conocer. El no poder expresarse le impedía no sólo conocer detalles y personas, sino peor aún: ser el mismo Julián de siempre.
Los primeros recorridos en tren y las primeras caminatas de la estación a casa eran, como el maestro Echavarría diría, un largo monólogo suyo y un largo gemido. Porque a pesar de disfrutarlas como nunca, las palabras en su irreconocible lenguaje se transformaban en sonidos incomprensibles.
Recordaba que alguna vez había leído una entrevista en la que el entrevistado mencionaba que no conocer el idioma –o el léxico del mismo- era una cuestión de libertad. Palabras más o menos decía algo así como “un hombre que no sabe expresarse no es poco culto, sino que es un hombre que comprenderá menos el mundo, que podrá entenderse a sí mismo menos y defender peor sus derechos y libertades”.
¡Qué palabras tan [in]oportunas! –pensaba Julián- “en realidad este tipo tiene razón, la palabra es liberadora. Claro… suena tonto y evidente, pero es llanamente maravilloso: Quien no se puede expresar, simplemente no es libre.”
En medio de los pensamientos, las caminatas y los reproches sin sentido, nuestro protagonista era aquel transeúnte que el lenguaje había coartado.
Segunda parte: Como niño chismoso (la continuación)
A medida que pasaban los días, las semanas, las clases, las conversaciones y las personas; aquel que fue un transeúnte desentendido y limitado, se convirtió en un chismoso. ¿Por qué? Porque descubrió que el mundo debía observarse cuidadosamente, con los ojos abiertos y sobre todo los oídos atentos. Como niño que en la seguridad del coche, en su pequeña burbuja, se atreve a abrir los ojos y ver más allá con la noble empresa de dar forma a una nueva realidad. Así no entendiera nada o casi nada; Julián pensaba que debía detenerse mientras caminaba, concentrarse y oír conversaciones ajenas. Debía husmear las parejas que hablaban fuerte o amorosamente en el metro y al loco cariñoso que le decía secretos a su perro. Debía espiar todo el mundo. A todo el mundo que lo rodeaba –y léase bien- eso incluye avisos, personas, sonidos, gritos, colores, texturas, productos. Como diría el viejo Federico (más conocido por su apellido indeletreable y con sabor a salsa: Nietzsche), “debía rumiar como una vaca; rumiar cada cosa tranquila pero cuidadosamente, saboreándola, para comprenderla y analizarla”.
Como cualquier niño chismoso, se alegraba por cada cosa nueva que entendía o malentendía. No importaba si no eran más que insustancialidades o trivialidades. No importaba si hacía referencia a que habían comido en la mañana o si se refería la noche loca del día anterior. ¡Todas las conversaciones eran importantes y merecían ser escuchadas!
Un día, en sus habituales chismoseadas del metro, en la mitad de una interesante discusión sobre un comercial de la reconocida aerolínea Air Berlin sobre la multiculturalidad de la capital alemana, se enteró de que un amigo de uno de los interlocutores había conocido una familia de turcos que vivían hace 8 años en Berlín, pero que no sabían ni una sola palabra en alemán. Los dos amigos seguirían hablando, pero dicha revelación dejaría tan atónito a Julián, que ni siquiera le interesó hacer un esfuerzo por entender el resto de la conversación. ¿Cómo podía ser que una familia viviera durante 8 años en un país y no pudiera decir tan siquiera una palabra? Seguramente exageraban, pero si algo tenía claro, es que era posible. “¡Y yo que pensaba que me estaba perdiendo el mundo que me rodeaba!” pensó mientras se bajaba del metro. En ese momento sintió que dos pares de ojos penetraban su espalda, como si alguien supiera que un fisgón los había oído durante 15 minutos y miraran al otro en busca de las palabras robadas. En ese instante, Julián se preguntó a si mismo si había pensado o había hablado en voz alta; y si había hablado en voz alta… ¿Había sido en español o en alemán?
Todos las noches al llegar a casa y al encontrarse acompañado por el silencio de la almohada, incontables palabras en alemán atravesaban su mente. Glücklich, wahrscheinlich, Turken, Fußballeuropameisterschaftsviertelfinalspiel, sammeln, gähnen y otras que aprendería y olvidaría al siguiente día, atacaban sus pensamientos y su apacible pseudo-silencio. Como si las personas que chismoseaba o las conversaciones que en alemán tenía, rondaran desesperadamente su cabeza en busca de una salida. Eran carros neuronales que en la autopista del sistema nervioso se estrellaban a toda velocidad contra el encéfalo y la caja ósea craneal.
Aunque era agradable escuchar conversaciones ajenas, hacía un trabajo increíble cada día para intentar entenderlas. Y es que a pesar de no tener dolor de cabeza, las palabras que revoloteaban en su mente, al final del día la hacían parecer terriblemente pesada y cansada.
Como niño hiperactivo que juega todo el día en el parque, sentía que las largas jornadas no eran suficientes. Pero claro, también –al caer la noche- el cansancio acumulado en el cuerpo y en la cabeza se encargaban de recordarle que ya había sido suficiente.
Tercera parte: El informado (La última parte, pero no la parte final)
Una tarde en el supermercado, él y una amiga colombiana que hablaba más bien poco alemán, quisieron comprar una cerveza y una Coca Cola. La cajera, como cualquiera que cumple su deber, exigió a los jóvenes clientes que enseñaran su identificación. Por supuesto, la petición la formuló en su idioma nativo, en alemán. Como por instinto, Julián se dispuso a sacar su billetera en busca de lo solicitado, pero en ese instante se percató de que su amiga no había entendido ni un comino. “¡Tienes que mostrarle tu documento para comprar la cerveza!”. Le explicó rápidamente mientras sentía que algo raro sucedía y perturbaba su ser, más allá de los ojos penetrantes de la señora que atendía en la caja. Inmediatamente después quiso volver los ojos a la billetera en busca de su documento, pero un microsegundo antes o después de voltear la mirada (en realidad no es relevante), su mente lo despertó, la cara de perdida de su amiga lo reveló todo y unas palabras fueron contundentes: “¿Qué Juli? Jajaja… ¡Me hablaste en alemán!”.- “¿Ehhh? jajaja nooo, perdón, ¡la cédula o el pasaporte!” respondió cayendo en cuenta del error, pero mientras sentía que acababa de recibir un [auto]abrazo de felicitación. ¡Como si la vida se encargara de entregarle un parcial con un cinco en una esquina! Porque a pesar de ser una clara demostración de un error garrafal en la comunicación y de un “hueco” en la mente del joven-aún, fue también la prueba madre, la evidencia contundente de que estaba pensando en alemán sin darse cuenta. ¡Qué maravilla!
Así, sin darse cuenta, los días pasaban y reconocía muchos letreros y palabras que veía. Formaban una idea en su mente (no precisamente en español) y le mostraban que aquel que en un momento fue un transeúnte coartado, después un niño chismoso malentendido; se convertía en un informado.
Era capaz de leer los titulares de los periódicos y escuchar las principales noticias de radio mientras montaba en bicicleta y hasta a veces renegaba (en alemán) de la gente que –rara y desconsideradamente- caminaba por la izquierda en la acera.
Se percató por primera vez que los productos que compró primíparamente enAlemania eran deslactosados y que por eso no le habían sabido a nada, o que existía un pasaje más barato para montar en metro si se entendía lo que decía la máquina expendedora. Comprendió lo que alguna vez había leído en un graffiti en alemán en Bogotá; así como lo que día a día leía en varios –no todos- los graffitis de Berlín. Entendió, por fin, que el ascensor no decía “No se use en caso de subida”, sino “No se use en caso de emergencia”. Y valga decirse que esta última comprensión significó un gran alivio, pues cada mañana que se subía al ascensor para ir del primer al sexto piso, sentía que rompía una regla por aquello de “no usarlo para subir”.
Después de cuatro meses de estar en la capital alemana, conviviendo con una cultura y un idioma completamente diferente, sintió que por fin los lazos que lo habían mantenido amarrado ya se habían ido en gran parte. El mundo que se estaba perdiendo ya no se lo estaba perdiendo y no se había dado cuenta de que así era. Aún no era tan libre como lo era en español, pero al menos –al fin- tenía un grado de libertad con el alemán. “Ufff esto amerita una entrada del Blog. Quizás un cuento. Tendré que pensar en el inicio, cómo continuarlo y cómo finalizarlo”, pensó Julián una mañana, mientras montaba en bicicleta de camino al trabajo y leía un letrero promocional de una obra de teatro llamada “No se puede besar en solitario”.