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Viajes

7. Un viaje inesperado a un lugar impredecible en una fecha inolvidable

Julián Arturo Niño Mejía · · 10 min en español
Texto original · Español

Sin saber a ciencia cierta qué hacer de cumpleaños, el miércoles 16 de mayo saldría de la nada un viaje completamente inesperado. Cracovia (Kraków en polaco) sería la ciudad escogida.

Así pues, el presente escrito abordará el viaje a Polonia y por supuesto la experiencia de conocer Auschwitz, cara a cara. Para desarrollar mi texto, abordaré tres puntos: Inicialmente (1) me referiré a Polonia y daré algunos pincelazos (casi brochazos) sobre mi percepción de su cultura; después (2) hablaré de Auschwitz y lo que significó el holocausto en mi cumpleaños; para finalmente (3) presentar algunas conclusiones y comentarios finales.

1. Polonia: Su cultura, gente y la teoría de la generación espontánea

Lo primero que debo decir es que nunca en mi vida me imaginé en Polonia. Si bien siempre había querido ir a Auschwitz, ahora me doy cuenta que siempre me imaginé en la mitad de otro mundo o de otro terreno, como si dicho campo de concentración no quedara en ningún país ni en ninguna sociedad. Polonia para mí no era más que otro nombre en la lista de países del mundo sobre el cual no tendría que pasar nunca. Como si saltara de un avión, cayera en Auschwitz y volviera a saltar sin pasar por sus alrededores.
Fue por eso que al cruzar la frontera entre Alemania y Polonia me percaté de que había entrado en otro mundo completamente alejado de mi visión de “mundo”.Entendí que tenía que pisar, recorrer y caminar por otro país y otra cultura.

Dos cosas me impactaron en un primer momento. Lo primero es que no entendía ni un pepino de lo que “leía” (si es que ver signos sin darles significación alguna, puede denominarse como “leer”) y lo segundo –relacionado con lo primero- es que ni siquiera me atrevía a pronunciar las palabras, porque no sabía ni que letras eran esas. ¡¡Tan perdido estaba, que después de ver un letrero en la carretera, pensé que Cracovia era una ciudad “xkjhgds” (en un polaco incomprensible) y que el numerito de al lado (que indicaba la distancia) no me cuadraba, porque en Polonia el sistema métrico no aplicaba, pues –pensé [claramente equivocado]- se medía por millas!!

Claro, después de pensarlo bien, comprobar el tiempo con la velocidad del automóvil y con el numerito en el siguiente letrero, me percaté que definitivamente eran kilómetros y que esa ciudad que había leído, definitivamente no era Cracovia. (Krakaw).

Después de pasar por varios letreros oí a Lena decir “¿Qué? ¡No entiendo nada!” a lo que le respondí que yo ni siquiera me sentía capaz de pronunciar o leer esas palabras. El polaco y la cultura de Polonia me eran tan ajenos que ni siquiera me detuve a pensar en un segundo de mi vida que eran personas que tenían su propio idioma y su propio alfabeto. ¡Que eran personas que en realidad existían! Ya dirán ustedes que puede sonar raro, pero no sé cómo más explicarlo. Cuando me senté en un restaurante y me vi rodeado por polacos hablando en su idioma, sobre su cultura y de una forma tan diferente a la mía, me sentía como si toda ésa gente hubiera salido de la nada; como por generación espontánea. Como si un segundo big Bang –en 2 segundos- hubiera creado toda ésa gente y la hubiera puesto en ese lugar del mundo justo minutos o segundos antes de mi llegada. Es algo quizás extraño, pero mi imaginario nunca había pensado que los polacos en realidad existían más allá de los libros o los mapamundis.

Sobre la gente esta creada –para mí- por generación espontánea, debo decir que en general me pareció amable, sobre todo los meseros siempre dispuestos a traducir las cartas a inglés, para que el turista desprevenido, como nosotros, entendiera –al menos un poco- lo que se iba a comer.
De igual manera me pareció una sociedad conservadora y muy creyente, pero aún así abierta a los cambios de la sociedad actual. Me pareció muy interesante que el papa Juan Pablo II fuera una de las figuras más reconocidas y admiradas en Cracovia. A los 5 minutos de pisar el suelo polaco me encontré de frente con un letrero del Papa, que decía “Jan Pawel II” y que tenía una cara sonriente y joven del pontífice.

Así mismo, cómo no comentar que la sociedad polaca tiene, a pesar de la globalización y el auge del capitalismo del mundo posmoderno, aún resquicios del socialismo que algún día la gobernó. Lo que, a decir verdad, en realidad le dio un toque muy interesante. Para poner un ejemplo: es muy fácil encontrarse en las calles de Kraków con un tranvía que parece de hace dos siglos, con lo estrictamente necesario y hasta con una simpleza que lo hace mágico, poco ostentoso pero funcional (al mejor estilo comunista); pero 5 minutos después con uno completamente diferente, moderno y repleto de avisos publicitarios de marcas y productos (al mejor estilo capitalista).

Además del tranvía, la cultura de la unión soviética también ha permeado un poco la actualidad polaca y algunas otras de sus características. En este sentido, me encontré con varios afiches que comunicaban sobre exposiciones o torneos de ajedrez (deporte típico ruso). También –y esto le alegraría a algunos amigos que conozco- con que el Vodka es particularmente barato (MUY barato, como en Rusia). Me hubiese gustado jugar ajedrez con algún polaco para enseñarle, pero desafortunadamente nunca los vi jugando en la calle o siempre me huían. Y del Vodka ni hablar, se imaginarán que me tomé mil botellas y que por mérito propio me denominaron Julianovska Smirnof, alias “el terror del Vodka”.

En síntesis debo decir que Polonia me pareció supremamente interesante e impredecible. Fue una muy bonita sorpresa encontrarme con una ciudad tan acogedora [y barata]. Fue como despertarme y entender que lo que pensaba o no pensaba sobre Polonia no podía estar más alejado de la realidad. Más allá de las nimiedades como el Vodka, el idioma, el ajedrez, los letreros incomprensibles, los carruajes en el centro de la ciudad, los tranvías socialistas y capitalistas; la devoción de sus habitantes; y hasta su deliciosa comida; lo que más me impactó fue nada más y nada menos, que comprender su real y física existencia. Y una existencia no precisamente por causa de una “generación espontánea”.

2. Un cumpleaños en medio de un holocausto: Konzentrationslager “Auschwitz-Birkenau”

Podría arriesgarme y apostar que si le preguntaran a mil personas en qué lugar quisieran pasar el día de su cumpleaños y les presentaran una lista de cuatro o cinco lugares a escoger, entre las cuales el encuestado encontrara “Un campo de concentración”; muy seguramente sería ésta la última opción (o la nunca elegida) en la mayoría de las respuestas.

Pues bueno, yo lo pasé en la mitad de uno. De verdad la decisión no fue nada fácil y tuve que pensarlo por varias horas. No sabía qué encontraría en Auschwitz ni qué sentiría, no sabía si lloraría o si callaría. En fin, todo lo que rodeaba ese día y ese campo era completamente impredecible.

Después de pensarlo llegué a la conclusión de ir el día de mi cumpleaños por dos razones: La primera, porque sería un sueño hecho realidad; y la segunda, porque sabía que nunca olvidaría la fecha en la que estuve en ése campo de la muerte, aprendiendo de lo más oscuro de los seres humanos, intentando -como diría un buen scout- a ser mejor cada segundo, cada minuto… en fin: creciendo más espiritual y personalmente, que físicamente.

Desde que estuve en el colegio leí incontables historias, libros, autores, cuentos, lecciones y noticias de lo que representó el Nacional Socialismo en el mundo y por supuesto lo que fue Auschwitz: Una máquina horrorosa y genocida que propició el asesinato de más de 1 millón de personas. Autores como Adorno, Delbo, Benz o Borowski me mostraron el mapa teórico de las crueldades cometidas, pero nunca me pudieron hacer vivir un sentimiento de repulsión como el que sentí el 18 de mayo del 2012. Un sentimiento de asco e impotencia que me recordó aquella tarde cuando pequeño que lloré durante 1 hora seguida después de ver el espectacular papel de Roberto Benigni en “La vita è bella”.

Auschwitz-Birkenau tiene tres campos en su interior. Tiene una extensión de más de 140 hectáreas y una “capacidad” alarmante de más de 100.000 “prisioneros”. En la entrada de Auschwitz I se puede leer un letrero que consigna la famosa frase en alemán “Arbeit macht frei”, que yo traduciría literalmente como “El trabajo hace libre”, pero contextualmente como “el trabajo traerá la libertad”. Ambas interpretaciones igualmente de desgraciadas si se enmarcan en una puerta que da la entrada a un campo de concentración, donde la gente que no moría por las cámaras de gas, lo hacía por la desnutrición y el trabajo forzado.

El primer sentimiento que viví en Auschwitz –recién traspasé el letrero de “Arbeit macht frei”- fue la impotencia. Primero porque habían muchos turistas y me sentía impotente para “desmenusar” cada uno de los datos impactantes que me daba la guía, pero además porque comprendí que en serio, era imposible o casi-imposible, salir de ahí. Las torres de vigilancia, el doble cercado de casi 3 metros de altura y los cables de alto voltaje alguna vez instalados y ahora inutilizados, me mostraron la cara del terror que veían quienes allí, hace más de medio siglo, se encontraban confinados hasta la muerte.

En general Auschwitz es algo espantoso. Desde los cuarteles en Auschwitz I, hasta los grandes campos encercados de más de 140 hectáreas con crematorios y cámaras de gas inmensas en Auschwitz II (Birkenau) son un recordatorio de lo terrible que puede llegar a ser el ser humano.

Respecto del campo, quisiera detenerme en un par de cosas: Su ubicación y su nombre.
A lo primero, ¿Por qué los Nazis querrían el campo de concentración más grande de la historia (y del nazismo) en tierras polacas? Pues bueno, quizás no exista una respuesta 100% cierta, pero existen razones para pensar que Polonia era el indicado, pues es un país central al que pueden llegar trenes de todo Europa, donde existe una población judía altísima y donde además también habían surgido brotes de antisemitismo.
A lo segundo, debo decir que Auschwitz viene del nombre polaco Oświęcim, población en Polonia más cercana al campo, que según los alemanes supuestamente suena como “Auschwitz”. Sin embargo, hay otra significación importante con el nombre y es que “ausschwitzen” significa sudar en alemán, es como “sudar hacia fuera”. Así las cosas, el nombre no sólo explicaba el terreno donde se encontraba, sino lo que representaba: sudar. Es que no hay que conocerlo para comprender que es un asco… el simple nombre ya perturba.

El museo es un recorrido de cerca de 4 horas que sensibiliza al visitante hasta tal punto que dan ganas de no ver más, dan ganas de salir corriendo y simplemente no voltear atrás. Ver toneladas de cabello humano, ver más de 400.000 pares de zapatos, ver más de 100.000 tipos de cepillos, ver fotos y cartas, ver dibujos y barracas; son algunas de las partes más fuertes de la exposición. Los casos que el guía nos contó son tan fuertes que no merecen ser contados, ya todos podrán imaginarse las crueldades que allí se vivieron. Simplemente creo que vivir Auschwitz, fue un sueño hecho realidad… o quizás una pesadilla, que –en serio- valió la pena vivirla.

3. Conclusiones y comentarios finales

Para terminar, quisiera decir que fue un cumpleaños maravilloso, en el que a pesar de no estar sonriente todo el tiempo y siendo felicitado por teléfono o personalmente, comprendí que había crecido como persona. Sabía que tenía que seguir caminando y viendo lo que no quería ver porque el golpe que cada parte me daba en la cara me acercaba un poco más a la realidad humana y violenta que vive el mundo y sobre todo mi país.

Auschwitz fue un lugar horroroso, que en el fondo, me demostró lo hermoso que es ser humano, lo hermoso que es comprender nuestros errores y tenerlos presentes para nunca repetirlos. Una experiencia inolvidable que de nuevo me mostró la importancia de comprender y tolerar la diferencia. Un cementerio gigante que me ayudó a comprender que más allá de las crueldades cometidas, lo que se debe recordar son las personas y las culturas sometidas a un genocidio y a una exterminación sistemática y masiva.

En realidad Auschwitz me hizo pensar en todas aquellas víctimas de mi país que han sido o serán olvidadas en el anonimato. Todas aquellas familias que como estas judías, podrían tener un museo de más de 3 km cuadrados que contara su historia. Un museo como Auschwitz, más que un recordatorio, es un grito a la humanidad, es una bofetada que despierta al pasivo transeúnte, a aquel que el mundo le pasa por el lado sin darse cuenta. Una cachetada que obliga a repensar la vida, los hábitos alimenticios, a valorar la libertad, la familia, la diferencia y la valentía.  Y de verdad:  ¡¡qué bueno sentir una bofetada de ésas en un cumpleaños!!

Publicado originalmente el 23 de mayo de 2012 en Pensadero de Julián ↗. Se conserva el texto de la publicación original.