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Reflexiones

El espacio vacío

Julián Arturo Niño Mejía · · 9 min en español

“El universo es bastante grande. Si solo somos nosotros, parece un desperdicio de espacio terrible”.

Carl Sagan, Contacto, 1985

Viernes, septiembre 28 de 2018. 10:34 am 

Estamos ante el futuro, puedo tocarlo. El Tesla Modelo 3, color negro sólido, está parqueado en frente de mi casa. Saeid, el dueño, llegó 30 minutos antes para explicarnos algunos asuntos básicos de cómo manejarlo. Mientras lo contemplo, entiendo que este vehículo ni siquiera encaja en la clasificación de “carros”. La visión de Elon Musk creó más una nave. Una nave interestelar. “Este es el segundo baúl”, dice Saeid, interrumpiendo mis pensamientos. Se acerca al frente del carro y abre el capó. Debajo del capó, para nuestra sopresa, no hay nada más que el vacío, que el espacio vacío. Los Tesla no tienen motor: tienen dos baúles. Lina, boquiabierta, no puede creerlo. Su sorpresa se asoma en sus ojos, en sus dientes. “Wow. ¡Ni siquiera lo había pensado!”.

Después de comprobar que entendemos los pormenores de lo que manejar esta nave significa, Saeid se despide. Nosotros nos quedamos solos con el carro. Sin dudarlo, pensamos que necesitamos darle un nombre: Mr. T. De una manera abusiva, sin pedirle permiso, simplemente lo bautizamos. Me imagino que Mr. T. le gusta.

Rápidamente acomodamos todas nuestras cosas en su interior. Usamos los dos baúles. Atrás ponemos lo más aparatoso –principalmente equipo de camping y una nevera- y adelante ponemos nuestras cosas más personales. Nos subimos al carro y una visión de la simpleza me atropella. Entiendo lo simple y minimalista que es en su interior. Estoy frente a un engranaje perfecto. Una pantalla, un timón y dos pedales. No tiene absolutamente nada más y aún así tiene un estilo espectacular. No tiene ningún espacio para tacómetro, ni pantalla al frente del conductor. No hay palanca de cambios, ni freno de mano. No hay nada diferente a la pantalla. Todo es un hermoso espacio vacío.

El mismo día, una hora después.

Lina y yo estamos en la carretera. Nos dirigimos a Carmel by the Sea y Big Sur. Entendemos que son lugares en la playa que hay que conocer, aunque no entendemos muy bien por qué. Allá vamos.

Queremos probar el piloto automático. Queremos darle a Mr. T. control sobre sí mismo y darle el control es definitivamente aterrador. Si poner la vida de uno en las manos de alguien es extraordinariamente complejo, imaginen hacerlo, pero con una máquina. Se siente como… ¿ese suspenso de película de terror, en el que uno siente [no sabe] que todo va a terminar mal?

Hago lo que Saeid nos enseñó. Presiono dos veces la palanca que activa el piloto automático. Inmediatamente, suena un sonido como sacado del futuro. Algo así como “diuh”. Pronunciado como un susurro del viento. La pantalla adquiere un tono azul y el vehículo cambia su dirección. A pesar de que yo lo llevaba al interior de las lineas que forman el carril, lo cierto es que estaba un poco tirado a la derecha. Él quiere estar exactamente en la mitad de las dos líneas, y me corrige. Los pedales se adueñan de sí mismos y el timón toma sus propias decisiones, con decisión. El carro se maneja solo y nosotros, como niños frente a un juguete de navidad, empezamos a gritar.

Mr. T lo hace todo: desde reducir y aumentar la velocidad hasta cambiar de carril. Mantiene la distancia que uno quiera con otros carros. Detecta el ambiente que lo rodea y toma las mejores decisiones en tiempo real. Simplemente es una maravilla tecnológica. “Maneja mejor que yo. Probablemente es por eso que esta tecnología existe y está en las calles. Porque ya maneja mejor que nosotros”, dice Lina. Yo solo la escucho. La inteligencia de esta mujer nunca deja de asombrarme. Me recuerda a veces a las respuestas directas y certeras de mi abuelito, El Oso.

Domingo, octubre 7 de 2018. 1:04 pm.

Lina ya no está en California. Nos dirigimos (Moritz, Tiago, Chaitanya y yo) hacia el lugar de lanzamiento del cohete, cerca de Santa María. Las 3 horas que llevamos en el carro desde que salimos de Berkeley se sienten en nuestras piernas, en nuestras caderas. Ellas no mienten. Tomamos la primera salida que encontramos. El letrero dice “A San Ardo”.

San Ardo, un pequeño pueblo, con una población de 517 personas. Un pueblito muy seco, caliente y empolvado con unas pocas construcciones: algunas casas, una estación de servicio, una oficina de correos y un restaurante. Eso es todo. Un pequeño punto en la mitad de la nada, en medio del vacío. Y a pesar de esa simpleza, su comlejidad. Su verdadera autenticidad. La simplicidad de este sitio es simplemente su magia. Y es que su nombre revela su carácter. “San Ardo” viene de San Bernardo. Posiblemente semejante nombre tan largo era muy presumido para este pequeño pueblo. Posiblemente muy formal, muy distante, muy poco familiar; y simplemente decidieron cambiarlo.

Manejamos a través de varios edificios, siguiendo no más que nuestro instinto. Ni una sola alma en la calle. No hay nada más que arena de polvo, viento y un sol devorador. Detengo el carro en frente del único restaurante. Tiene un letrero de led que no funciona y que dice “San Ardo Café”. El restaurante tiene una cerca de madera en el frente, que tiempo después entiendo es el porche. Tan pronto lo veo se me ocurre que seguramente no hace mucho fue usado para atar las riendas de los caballos. Parqueamos al frente de la cerca, al lado de una camioneta enorme, de platón. Su pintura está raída por el sol, pero eso quizás la hace ver más grande.

La puerta está en medio de la fachada y tiene un letrerito amarillo que advierte: “Baño solo para clientes”. Mientras abrimos la puerta un sonido desajustado anuncia nuestra llegada. Tan pronto como cruzamos el umbral, nos encontramos a nosotros mismos en lo que sería el perfecto escenario para una película del lejano oeste. Un restaurante que podría haber sido imaginado por los hermanos Cohen. Además de la señora que atiende y un señor que ve TV, hay otro comensal. Un hombre grande y calvo, con una barba pronunciada y un chaleco de cuero. Está sosteniendo, con ambas manos, una inmensa pero llamativa hamburguesa. Me mira, sonríe y sin dudarlo nos dice que comamos ahí, que es la mejor comida que podemos encontrar. Entre chiste e ignorancia, pienso que sí. Seguro es lo mejor que podemos encontrar.

San Ardo Café [me encanta que tenga página de facebook] es un pequeño y rural restaurante. Rústico, pero familiar; íntimo. Tiene algo que diría es simple amor. Ese amor que solo se encuentra en restaurantes de familia. Ese amor que se materializa en pequeñas, pero importantes decisiones. Esas que requieren un tiempo para ser tomadas, y aún más para ser ejecutadas.

Tomamos una mesa y sin leer detenidamente el menú, ordenamos algo. Moritz, Tiago y yo pedimos hamburguesas. Chaitanya pide un omelet con papas y ensalada. Para ese momento, aún no sabía que, en la inmensidad de ese desierto inhóspito, en San Ardo, encontraría la mejor hamburguesa que me he comido en mi vida.

El mismo día, 3 horas después.

Llegamos. Finalmente estamos acá. Después de 6 horas de camino, estamos en la Base Militar de la fuerza Aérea, en Vadenberg. Aún tenemos que esperar 3 horas más para el lanzamiento.

Estoy mirando hacia las colinas que tengo al frente, sentado en una de las dos sillas de camping que trajimos. Puedo sentir ahora toda la emoción del universo aprisionada en mi cuerpo.

Tiago está hablando con nuestro vecino. Su edad rondará los 50. El man parqueó su Alfa Romeo Quadrafiglio al frente de nuestro modesto Prius. Nos cuenta que su hija es una abogada de actores y artistas en general. “Es abogada del entretenimiento”. “Es, por ejemplo, la abogada de Justin Bieber”, nos dice. No sé si sea cierto, pero no me importa. Estoy inmerso en un océano profundo de pensamientos y memorias. En un mar de sentimientos. Esto significa mucho para mí.

El paisaje montañoso es permeado por una luz dorada, una hermosa luz de atardecer. No hay una sola nube en el cielo, y de fondo, en el parlante de Tiago, está sonando Hans Zimmer, la banda sonora de Interstellar. No puedo creer que esté a punto de cumplir un sueño mientras oigo la banda sonora de mi película favorita. Una película del espacio. No podría pedir por nada mejor. Me siento como un personaje de una película futurística, como si fuera producto de la imaginación de alguien más. El lugar tiene su propia vibra. Como emitida por el cohete.

El mismo día, al momento del lanzamiento…

El tiempo vuela. Solo 30 segundos nos separan del lanzamiento. La gente grita y se ríe. Los niños ya no están jugando con sus modelos de juguete del cohete Falcon 9. Todo el mundo mira hacia el cielo, o hacia el punto donde se supone que el cohete saldrá, detrás de las colinas. Ya solo faltan 10 segundos, creo. El ambiente del lugar es una mezcla de ansiedad, excitación y esperanza. Estamos en el mejor lugar posible y por eso hay más de mil carros en el área, casi a nuestro alrededor.

Cinco segundos. Me acuerdo de cada una de esas noches en Colombia que pasé viendo videos en vivo de los lanzamientos de SpaceX. Incluso a la media noche. Tres segundos. Me acuerdo de cada lectura, cada video de YouTube. Pienso en Terraforming, en la divinidad del Espacio. Dos segundos. Pienso en el viejo y al final olvidado telescopio de mi abuelo. Un segundo. Pienso en esa noche en la que mi abuelito, hace más de 15 años, me mostró a Marte a través del lente del telescopio.

Todo el mundo empieza a gritar. El oscuro cielo detrás de las colinas recibe un tinte naranja, como pintado con algodón. Tiempo y espacio pierden su forma. Veo al cohete despegar, elevarse en el cielo estrellado y siento como si pudiera entender a Einstein. Como si los hoyos negros y el viaje en el tiempo y la tele transportación fueran posibles. Al paso del cohete el universo se transforma, y así también mi percepción de él.

Para el final del lanzamiento no puedo musitar palabra alguna. No hay lenguaje para describir ese sentimiento, esa belleza. Hemos presenciado, como dijo Moritz, “la aurora boreal, pero hecha por humanos”. Mi cerebro no puede creer aún lo que mis ojos vieron, lo que mis oídos oyeron. Yo solo sé que “he expandido mi diccionario”, como dijo Tiago.

Había una noción vacía llamada “lanzamiento de cohete” en mi mente. Esa insignificada caja ya no está ahí. El espacio vacío desaparece.


Publicado originalmente el 15 de octubre de 2018 en Pensadero de Julián ↗. Se conserva el texto de la publicación original. Las versiones en español e inglés fueron escritas por el autor.