El Cambio somos nosotros: ¡Elijo cambiar por Colombia!
Llevo un poco más de un mes en Colombia. Un largo mes que se ha pasado como la gota helada de lluvia que -inexplicablemente- logra colarse a través del cuello de la camisa y recorre la espalda del transeúnte desprevenido que en escenarios grises como el bogotano, decide salir de su casa sin la valiosa protección de un paraguas. Un mes largo, como la carrera de la gota, me costó atreverme a terminar y publicar mi última entrada de Blog. Si bien ya había dado algunas pinceladas sobre el tema o ya había sostenido incontables conversaciones con varias personas sobre el particular, creo que tengo una deuda. No con mis amigos, no con mis familiares, no con mis lectores (que en realidad son los mismos anteriores), no con nadie, sino conmigo mismo.
Y es que podrán decirme que soy un egoísta por tal razón, pero desde el principio concebí “Cuentos Peregrinos” como una manera creativa -quizás un poco ñoña, un poco petulante, un poco aburrida- pero definitivamente útil de publicar mis pensamientos y sentimientos. Un camino intransitable y mágicamente liberador que me permitía sentirme un poco más cerca de aquellas cosas y personas que había dejado (no atrás, sino simplemente dejado) a más de 9.000 km de distancia.
Durante mi estadía en Europa e incluso cuando volví, varias personas tanto colombianas como no colombianas, me hicieron la misma pregunta: ¿Quieres vivir en Colombia? – La respuesta siempre fue un contundente <<sí>>, que ni por un instante dudé.
Hoy, después de volver a vivir el caos del tráfico capitalino, de ver cómo la intransigencia de las personas en Trasnmilenio crece, después de tener que ir a ese mundo oscuro y atemorizante conocido como “juzgados”, después de pasar casi 3 horas diarias de mi vida en trancones o medios de transporte en los que no me muevo más que con la batahola de la masa agitada y contaminante del lote vehicular; después de entender mi imposibilidad de disfrutar un chocolate diario, porque una Milka o una Ritter Sport cuestan la indecencia de 9.000 pesos y no 0.89 centavos; después volver a convivir diariamente con la lluvia y el clima gris desquiciado de esta ciudad, después de todo éso, debo decir que mi respuesta no ha cambiado: Definitivamente sí quiero vivir en Colombia. En esta folclórica e inconclusa Colombia, por la cual estoy dispuesto a cambiar, a ser mejor cada día y a buscar el cambio de quienes me rodean.
Y es que no quiero usar el verbo paranoide, populista y casi que machacado <<luchar>>, porque no quiero que aflore un significado tácito de dificultad y [pseudo]heroísmo que siempre encierra dicho concepto. En pocas palabras, no quiero luchar por mi país, simplemente porque creo con todas las fuerzas de mi corazón (y si me permiten decir “y de mi razón“) que no tengo que hacerlo. De hecho, tengo la firme convicción de que nadie tiene que hacerlo. Ni por mí, ni por mi familia, ni por usted, ni por nada, ni por nadie. Simplemente creo que debemos cambiar por nosotros y por nadie más. Si lo hacemos, el Cambio del país devendrá como por naturaleza. Será irresistible e inevitable. Sólo nos daremos cuenta si realmente sucede, cuando miremos hacia -esta vez sí- atrás y comprendamos que algunas cosas de lo que éramos (lo que somos hoy en día) simplemente no podían ser.
Y es que léase con cuidado, pues hablo de Cambio, con mayúscula, porque es un nombre propio. Es el nombre de cada uno de nosotros. Ése que se escribe Cambio, pero se lee “[Inserte acá su nombre]”.
Ya sé que aún falta mucho por hacer y que aún hay tantos huecos por llenar y obras por terminar que todo lo bueno que pudiéramos decir de nuestra ciudad, país o sociedad pareciera inocuo; pero precisamente éso es lo importante de estar en este momento en nuestra ciudad y en general en nuestro país. Debemos comprender que el Cambio comienza en nosotros y termina con nosotros. ¡No es necesario esperar a que alguien cambie un sendero peatonal o una fachada de un edificio! Debemos comprender que la ciudad, y el país en general, sólo cambiará cuando comprendamos que somos nosotros los que debemos cambiar. Debemos entender que el tráfico no es de Bogotá, sino que nosotros somos el tráfico; debemos entender que los semáforos están porque son necesarios y que si los respetamos y si pensamos con sentido común, avanzaremos más rápido; entendamos que la Bicicleta es un medio de transporte único, amable y una máquina generadora de felicidad. Sepamos que las canecas (así sean pocas) están en cada esquina para recibir nuestra basura y no para decorar el paisaje; entendamos con tolerancia que quien se sube a un Transmilenio repleto lo hace porque -como nosotros- también necesita llegar a su destino y no está ahí sólo para clavarnos su maleta en la espalda. No critiquemos otras universidades u otras carreras distintas a las nuestras por el simple hecho de ser otra o por ser más barata ¡Por favor!; comprendamos que una corbata o un arete son simples categorías sociales que nosotros mismos hemos establecido; compremos más Súper y Colombina, vayamos más a Olímpica que a Carrefour, leamos más y veamos menos protagonistas de novela; votemos porque sabemos y no porque no sabemos; votemos porque conocemos y queremos o sino no votemos; comprendamos que el que se sube al bus a vender lápices y lapiceros no lo hace porque quiere. Entendamos las realidades que nos rodean.
Hoy se nos presentan situaciones sociales que podrían marcar el hito re-fundacional de nuestra sociedad y las cuales no podemos afrontar sin cambiar. El “proceso de paz” quizás sea un fracaso, quizás sea un éxito; aún no lo sabemos. Pero si de algo podemos estar seguros, es que la paz no se consigue en una mesa. La paz se consigue con el Cambio de todos. Y todos, somos todos. Tanto los que se sientan en una mesa a debatir tan abstractamente sobre la Paz, como los que vemos el desplazamiento y el horror de nuestra sociedad desde los confines seguros de nuestros hogares o vehículos. Tanto de aquellos que recorren el sendero de la selva con un fusil al hombro peleando por ideologías olvidadas y repatriadas, como aquellos que sufren día a día las inclemencias del conflicto y dejan atrás su hogar, su vida y lo único que llevan en sus hombros es la esperanza de vivir una nueva vida. Debemos comprender que la paz no se consigue a través de las palabras acicaladas y las esperanzadoras promesas que acompañan la exaltación de lo “pacífico” y su consiguiente alienación de la realidad, sino todo lo contrario, se consigue a través de la acción y la reacción. Se consigue a través de la aprehensión de la realidad en la que nos encontramos y de la comprensión de la autenticidad vital de las personas que nos rodean. Sea aquella del que está en la calle mendigando, como el que está en Transmilenio clavándome la maleta o como el que está en el congreso debatiendo -porque yo se lo permití- una ley que para bien o para mal me afectará.
Todos, sin distinción alguna, debemos participar del Cambio, pero no por participar simplemente, sino por entender que el Cambio no representa alegóricamente una habitación en la que decidimos entrar. No es como un umbral o una puerta que decidimos cruzar. El Cambio, como yo lo veo, es un despertar. Es abrir los ojos a una realidad que siempre ha estado allí, pero que nos hemos rehusado a moldear y mejorar; es encender la luz y realmente ver -no mirar- a los demás.
Los invito (y me invito a mí mismo) a que seamos ejemplo de ciudadanos no sólo para nuestros amigos, hermanos o familiares; sino para aquellos desconocidos que en el semáforo ven cómo esperamos en la acera a que la luz verde se encienda; comprendamos -por fin- que el Cambio, comienza por nosotros y termina con nosotros; aprovechemos que podemos hacerlo, sepamos que eso es lo hermoso de nuestro país: que aún falta una realidad por comenzar, hacer, mejorar o terminar, pero sea el resultado que sea, nosotros somos los únicos artífices de ella.
Yo, por mi parte, elijo cambiar y encender la luz para cambiar ésa habitación llamada país. Elijo mi Colombia: Aquella que es mía y que es nuestra. Aquella que desde hace un mes me prometí “Apropiar, cuidar, respetar, pero sobre todas las cosas: comprender para cambiar”.