5. Die Mauer ist noch da!
El Muro todavía está allá -o acá- (depende del contexto). Esa es la[mi] traducción de esa frase. Y es que después de caminar por Berlín y recorrerla como un náufrago en busca de civilización, llegué a la conclusión de que el Muro todavía existe; no sólo en Berlín, sino en el mundo entero. Cada ciudad, sociedad y cultura creo que tiene su propio muro. Paredes que por la misma particularidad del contexto en el que se construyen, se ven representadas de diferentes maneras.
Así pues, en el presente texto hablaré de dos Muros que ahora conozco muy bien. Inicialmente (1) me referiré al Muro que considero aún existe en Berlín y (2) al Muro que existe en Colombia.
1. El muro sí cayó, pero aún existe
Quizás sea imposible encontrar una pared tangible –afortunadamente para el mundo entero- que divida espacialmente a Berlín hoy en día. Sin embargo el Muro sobrevive. Y es que existe no sólo en la historia pasada de Alemania, sino también en el presente; en el día a día y cotidianidad de quienes vivimos en esta gran ciudad.
Los edificios, bares, las estaciones de metro, los precios y hasta la gente; son una viva representación de que un tiempo Alemania fue una sola nación repartida en dos Estados.
Es fascinante encontrar cómo la arquitectura cambia de un lugar a otro. En el Berlín-oeste las estaciones de metro son amplias, enchapadas y hasta ostentosas. Pero al lado este se encuentran estaciones mucho más pequeñas, llenas de graffitis y enchapadas también, pero no con brillantes y cuidadas tabletas de porcelana, sino con carteles de eventos culturales, urbanos, musicales, artísticos, deportivos, representativos, rebeldes, contestatarios, revolucionarios, homosexuales, melomaniacos, gastronómicos o lo que sea; el punto es que las paredes están cubiertas con manifestaciones populares al fin y al cabo.
De igual manera, si en el oeste todos los edificios buscan su individualidad y -cual sujeto capitalista- buscan tener algo que los diferencie de sus vecinos; en el este la cosa no pinta igual. Por el contrario, es posible encontrar calles completas con edificios exactos que se asemejan entre sí y que en algunas ocasiones –no muchas- lo único que los diferencia es la pintura. El alegre transeúnte o aventurero de las calles y barrios orientales de Berlín se encuentra indefectiblemente con gigantes e imponentes infraestructuras, casi idénticas, que parecen provenir de un molde de galletas de la abuela, replicado en cada cuadra. Me hacen pensar, quizás erróneamente, en un miembro de una sociedad comunista o socialista (perdón por no ser estricto y usar los dos términos en esta ocasión indistintamente) que lo único que sabe es que tiene lo mismo que los demás que lo rodean y que en realidad todos, así sea en la fachada, son iguales.
Pero no sólo la arquitectura de los edificios o la organización de las estaciones de metro cambia, también lo hace el ambiente. ¿Y qué entiendo por ambiente? Pues no sé, pero con ello quiero referirme a lo que la gente busca en uno o en otro lugar, al contexto que me rodea cuando estoy allá; a lo que “is in the air”. Así, si quiero comprar cosas caras, ir a un cine muy grande, comer en un restaurante caro o ver un palacio ostentoso que merece ser fotografiado, claramente el oeste de Berlín será el lugar al que tendré que ir. Pero si lo que quiero es buscar museos, hablar con la gente, ir a lugares más bien baratos y liberales o simplemente caminar sin sentirme extranjero o desconocido; entonces seguramente el este me dé la bienvenida.
Si bien la globalización ha causado un proceso de homogenización de la sociedad a través de procesos culturales o imposición de modelos (como la moda o los hábitos de la gente) es evidente que en Berlín una parte de esa homogenización no pudo saltar el muro imaginario e invisible que aún persiste. Me llama la atención que la mayoría de graffitis la gente los hace en el este. No sé por qué. Obviamente existen al oeste, pero en realidad son muy pocos en comparación con la cantidad que se puede encontrar en el este. De igual manera, casualmente los bares más alternativos están al este y los más exclusivos al oeste. Y si quisiera “hilar más fino”, me atrevería a decir que hasta la vestimenta de las personas cambia un poco.
Por todas esas razones, creo que aún existe un muro que atraviesa Berlín; con la pequeña diferencia de que no implica toneladas de concreto y hierro, sino toneladas de pensamientos y sentimientos colectivos. Es una división imaginaria quizás desapercibida por muchos (o quizás mal-entendida por otros desocupados colombianos que escriben entradas para su Blog). Y bueno, una vez dicho esto supongo me preguntarán ¿Cuál parte creo que es mejor? ¿Con cuál me quedo? Bueno, con las dos. Creo que en realidad Berlín es tan impresionante y fascinante porque soporta la coexistencia de dos ciudades tan diferentes, que a pesar de la evidente disparidad, conviven pacíficamente entre ellas y mágicamente se complementan. Un muro imperceptible que separa dos mundos completamente diferentes, pero completamente complementarios que se unen como en un matrimonio indisoluble para crear la unidad cuasi-perfecta, como la luz y la oscuridad o como creen algunos mitos indígenas, el sol y la luna.
2. El Muro que divide tristemente a Colombia
Si en Berlín aún existe un muro imaginario que le atraviesa y de este modo revela dos ciudades en una, en Colombia –desafortunadamente- no nos quedamos atrás. Y es que el muro que tenemos en Colombia es uno más bien diferente de aquel cultural que tienen los berlineses.
Si de algo me he dado cuenta estando en Alemania, es que en Colombia se vive y convive con un monstruo, un espanto que increíblemente nos acostumbramos a ver y hasta del cual nos enamoramos: Eso que llamamos las “clases sociales”. Y es que en Colombia se habla de los ricos y de los pobres, como si se hablara de la leche y el vino. Se habla de Ciudad Bolívar y Rosales como si se hablara de un huevo y una maleta. Así de increíblemente simple se “divide” algo que en el fondo, es indivisible. Estas dos palabras –rico y pobre– representan dos cosas incomparables en la mente de los colombianos; perfectamente imaginables y nítidamente definidas, fácilmente diferenciables ¿no?
Pues bueno, para un alemán o un europeo no es tan fácil. No lo es, porque sencillamente la diferencia entre “clases sociales” se disuelve. Es algo borroso que no se puede ver claramente y no ha permeado el imaginario colectivo de las personas. Es triste pensar que en Colombia, nuestro muro, es uno que nos impide ver más allá, detrás de él. Es una barrera o un obstáculo, una pantalla oscura que nos insensibiliza, nos ciega y nos hace creer que ésos que están allá subiendo la loma en ese mundo diferente llamado “Estrato 1” o “Barrios de Invasión” son diferentes a nosotros. Pero lo que no nos damos cuenta es que no existe diferencia real alguna. La única diferencia, es que los etiquetamos con un “Pobre” o un “desplazado” o un “miembro de la clase social baja”, o hasta con palabras que me producen terror, como “desechable” o “indigente”. Y así justificamos su supuesta diferencia, sin percatarnos que lo peor del asunto no es la actitud estigmatizante y diferenciadora, sino que ¡algunos de “ellos” (léase como nosotros) ya se comieron el cuento!
Y es que no quisiera que el presente texto se convirtiera en el típico discurso idealista que apela a las emociones para gustar. No. Lo que quiero es que nos demos cuenta de que tenemos un muro gigante, creado en parte por nosotros mismos.
Pero además de aquél creado por nosotros mismos con la simple utilización del lenguaje, quisiera hablar de la otra parte real y construida, que me ha sido imposible ignorar. Así pues, creo que existe un Muro en Colombia construido por (1) el imaginario colectivo de nuestra sociedad, y (2) por la situación real de muchos colombianos: la de la pobreza material.
Desde chiquito siempre me enseñaron que existían “ricos” y “pobres”. Son dos palabras sencillas que denominan dos tipos de personas diferentes. Normalmente me imagino un Rico con un Mercedez Benz o un BMW último modelo; o con una casa gigante en Rosales con una vista hermosa; o me imagino a una persona que come en restaurantes caros todos los días sin importar la cuenta; o que el Rico normalmente tiene una profesión “tradicional” o una empresa. Pffff ¡Nada más falso! La sociedad colombiana me educó así y siempre pensé que así “tenía que ser” o así sería siempre.
Acá en Alemania no he visto tal diferencia y me he dado cuenta que es ilógica tal distinción. Por poner un ejemplo, el señor que arregla los computadores de la Embajada tiene un BMW último modelo, quien reparte tintos tiene una mejor casa que cualquiera de nosotros, con una vista espectacular. De las posibilidades de comer en restaurantes “exclusivos” ni hablemos porque no se tiene que ser ejecutivo exitoso o profesional prestigioso para tal hazaña. Claro, no se podrá siempre, pero siempre se podrá ahorrar un poco, hacer un esfuerzo y ya está: al alcance de CUALQUIER PERSONA. Desde el que reparte tintos hasta el presidente de Bayerische Motoren Werke (Me enteré hace poco que eso significan las siglas <<BMW>>).
En síntesis, fue necesario venir a Alemania para darme cuenta que esa distinción de Ricos y Pobres es un monstruo, al cual nunca nadie debería acostumbrarse. Fue necesario porque me hizo entender de verdad que (a pesar de que siempre ha sido una máxima de mi comportamiento y de mi forma de pensar) el señor o la señora que “me” reparte los tintos, es exactamente igual a mí y así como yo lo sé, ellos también lo saben y así se comportan. Y sucede lo que debe suceder: ¡De ninguna manera se van a comer el cuento de su supuesta inferioridad o van a permitir que los traten sub-humanamente!
Antes de venir acá nunca me había preguntado el Por qué. ¿Por qué existen las clases sociales en Colombia de una manera tan absurda? ¿Por qué no puedo imaginarme a un “Rico” sirviendo tintos (aunque realmente lo sea)? ¿Por qué quien la sociedad denomina como “rico” trata –en muchos casos, no todos- como menos a quien la misma sociedad denomina como “pobre”?
Pero creo que la pregunta es si realmente podremos derrumbar al menos esa parte construida por nosotros mismos, para intentar entre todos, derrumbar o superar aquella que se construye día a día a partir de la diferencia económica abismal entre unos y otros.
“Die Mauer ist noch da”, como mencioné al comienzo de este escrito, significa “El Muro todavía está allá -o acá-” y creo que la importancia de usar la frase en alemán, es que muestra con una sola palabra y dependiendo del contexto, que el muro puede estar en una parte muy alejada, pero también puede estar acá. Puede referirse a algo tan interesante como la historia o los hábitos culturales de una sociedad; o a algo tan macabro y triste como la discriminación y desigualdad en otra.
Lo importante, creo yo, es ver cada muro y después construir lo que sea necesario, para simplemente ver más allá.
Con cariño,
Juli