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Reflexiones

Caminos y caminatas: meditaciones en movimiento

Julián Arturo Niño Mejía · · 5 min en español

“Además de la gente y las clases, ¿qué es lo que más extrañarás de Berkeley?”, me preguntó Lucas. Una mirada curiosa, una pregunta precisa.

Estamos en Free House, un bar muy agradable que queda convenientemente al frente de la facultad de Derecho. Cruzando Bancroft Street. El bar es una sala de madera pulida y reluciente, con sillones de cuero y mesas altas con butacas de altura. En la mitad, contra la pared que hace también las veces de ventana, hay una isla de rocas alineadas: la barra del bar. Al fondo, una chimenea de gas que parece real gracias a la perfecta imitación de troncos que la decora. Las palabras están acompañadas por la música –a un volumen perfecto de conversación-, y sobre la cara de Lucas brilla la luz resbaladiza y dinámica del fuego. Mientras me hace la pregunta me percato que los chispazos de luz no son tan irregulares, como ocurre con las chimeneas reales. El fuego es caos, y en esa misma naturalidad impredecible es que radica su magia, su divinidad.

“Caminar. Caminar es lo que más extrañaré cuando vuelva a Colombia”, le respondí.

Y es que a pesar de que siempre me he considerado un caminante asiduo, mis rutinas de caminatas en Berkeley me han cambiado la vida. Después de dos casi-accidentes en mi bicicleta, decidí dejar mi compañera en casa -Delorean Gray era su nombre- y salir a caminar. Recorrer, realmente recorrer, las calles verdes y residenciales del pueblo que era mi casa, pero que solo hasta cuando empecé a caminar me percaté de que no conocía.

Cuando empecé a caminar entendí que, si quería hacerlo, tendría que sacrificar incluso mi tiempo de sueño (que es a la vez escaso y urgente en una maestría). Especialmente si quería caminar disfrutando de un paso más calmado. Quise hacer a mis recorridos entre la universidad y mi casa algo más que transiciones. Quise que el camino se convirtiera en el destino mismo. Quise que el destino no fuera otro que el cada paso.

A un paso normal, mi casa estaba separada por 45 minutos de la facultad. A un paso lento, que es usualmente el paso que uno quiere y puede usar mientras está meditando en movimiento, eran 55 minutos o una hora. Como eran como mínimo dos recorridos al día (algunos días eran incluso 4 -siempre múltiplos de dos, siempre pares, siempre números en compañía-), puedo decir que cada día dediqué, como mínimo, dos horas a caminar.

Aún recuerdo la primera vez que caminé meditando por Delaware Street, la que se convertiría en mi calle favorita de Berkeley.

Las plantas de mis pies, a pesar de las suelas de los zapatos y del asfalto de la calle, se apoyaban fugazmente en el suelo. Mi piel callosa y más gruesa de mis pies, abrazada por las medias gruesas de lana, reconocía los habitáculos oscuros y –a veces- malolientes de mis pies. Al infinito, contra la bruma de la niebla del Bay Area, encontrándose con los puentes y mis pasos, se oían los pájaros cantar. Delaware Street me saludaba, mientras yo la reconocía con mis extremidades.

Esa sería la primera vez de muchas. No sé si el amor a primera vista existe, pero puedo decir que me enamoré de esa calle en mi primera caminata. Casas en madera y colores vivos. Jardines que coloridamente invadían el pavimento, como protestando. Árboles de cerezos importados, cactus y hasta naranjos. En esa calle, durante varios meses, fui testigo de la primavera y su lento y decidido renacimiento. Un privilegio que le debo a mis pies y arbustos y árboles californianos. Esos que, con respeto y delicadeza, intentaba esquivar con mis zapatos o acariciar con mis manos cada vez que me los topaba, como diciendo hola. Como reconociendo su existencia y la belleza que le imprimían a mis pasos. Podría jurar que un par de veces, una rama, una hoja, o un viso verde, se inclinó para tocarme y, de paso, bendecirme el día. Porque… ¿Qué otra cosa puede ser Dios, si no son las plantas, y la tierra, y las siluetas de las montañas que atraviesan la neblina y abrazan nuestra vida?

Con cada paso intento, como diría Tich Nhat Hahn, besar la tierra. Intento recibir con humildad el camino, con cadencia, con decisión, pero con calma. Una calma que me recuerda la importancia de estar presente en cada paso. Una calma que necesita del tiempo, pero de la que el tiempo también precisa. El tiempo existe porque existe el camino. Eso me acuerda del término legal que parece sacado de un cuento de Chéjov: el término de la distancia.

Caminar es expandir nuestro universo mientras regamos, paso a paso, nuestra alma. Como agua que fluye por los ríos y alimenta los esteros. Me gusta pensar, por muy engreído y antropocéntrico que parezca, que los pasos –no solo míos, sino de todos los caminantes- son como el rocío de la mañana que permea las sábanas cundiboyacenses, ese que se le unta al mundo y se le pega a las flores moradas de las papas. Ese que encierran los ancestros frailejones, de orejas de conejo, para crear el agua, para reimaginar el mundo a través de los páramos. Las gotas de agua, como los pasos de una caminata, construyen nuestro mundo.

Caminar conmemora y es prueba viva de nuestra existencia. Extrañaré ese caminar. Extrañaré estas meditaciones en movimiento.


Publicado originalmente el 22 de mayo de 2019 en Pensadero de Julián ↗. Se conserva el texto de la publicación original. Las versiones en español e inglés fueron escritas por el autor.